La mayoría de los seres humanos nos hemos caracterizado desde hace tiempo por ser criaturas sociales, o sociables. Dichas costumbres impuestas por las normas de las sociedades actuales, casi siempre por la fuerza, terminan deslegitimando la esencia de esa misma característica que nos vincula a una sociedad. Estoy hablando de la capacidad de poder expresar todo lo que queramos, todo lo que sintamos, todo lo que pensemos… Es esa facultad de expresión lo que nos libera, nos hace grandes, o muchas veces nos condena y nos hunde. Pero ese es el miedo que todos tenemos; el hecho de poder ser juzgados y señalados por las palabras que salen de nuestras cabezas, de nuestras almas.
Siempre que existan palabras, se debe sobre entender que tienen un trasfondo, por lo general bien definido y proveniente de un lugar conocido: las pasiones, las creencias, las certezas o los deseos. Esta estrecha unión entre nuestras palabras y nuestro interior es lo que hace peligrosa la expresión libre, pues indudablemente seremos definidos por lo que decimos.
Ahora bien, si esta es la parte formal del hecho de poder expresarnos también tenemos que ser conscientes de que existen un par de cosas que nos velan las ideas de permisos del poder expresarnos; la moral, la vergüenza, la religión, la política, los tabúes, la ilegalidad, etc. Todos sabemos que hay cosas que no se dicen porque están mal. Hay cosas que no se dicen porque hacen daño. Pero también hay otras cosas que no se dicen, pero que nos morimos de ganas por hacerlo. Son esas cosas que no se dicen las que quiero compartir y quiero que me compartan.
Entonces, vamos a decir, “Eso que nunca se dice”.
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